miércoles, 25 de enero de 2023

10- ESTILO DE VIDA DE LAS BIENAVENTURANZAS

 ESTILO DE VIDA DE LAS BIENAVENTURANZAS

MATEO 5,1-12

Introducción[1]

Es verdad, como leímos arriba en la frase de San Agustín, que todo hombre se identifica con la propuesta del “ser felices”, pues se trata de un anhelo universal. Pero también es verdad que cuando escuchamos esta propuesta en boca de Jesús hay algo novedoso: nuestra vocación a la bienaventuranza tiene un fundamento, un camino y una realización que no tienen parangón con ninguna de las propuestas que nos puede hacer la sociedad.


Permitámonos traer a colación un célebre pensamiento de Karl Rahner:

“La significación del hombre no aparece en la significación y la felicidad de este mundo, sino en la experiencia del riesgo y de la confianza ciega que no tiene verdaderamente ningún apoyo suficiente en los éxitos de este mundo… Los hombres espirituales y los santos han adquirido este gusto de vivir que aparece ante los otros hombres como desdeñable… De ahí su curiosa vida, su pobreza, su deseo de humildad, su espera impaciente de la muerte, su disposición para el sufrimiento, su deseo secreto de martirio… No es que ellos no estén dispuestos a aterrizar en la banalidad de lo cotidiano… No es que ignoren que nosotros no somos ángeles… sino que ellos saben que el hombre… debe verdaderamente vivir entre Dios y el mundo, entre el tiempo y la eternidad y ésta en la existencia real”

(“Vivre et croire aujourd‟hui”, Paris 1967, pg.36)

Con esta motivación entremos en la lectura de las Bienaventuranzas en el evangelio de Mateo (5,1-12) que la liturgia nos propone para este domingo, donde Jesús presenta el perfil de un discípulo suyo.

 

1. El texto en su contexto

Una vez que hemos leído en los domingos anteriores los relatos de infancia de Jesús (Mateo 1-2), el relato del inaugurales de Bautismo de Jesús (3,13-17), los rasgos más importantes de la actividad 3 misionera de Jesús (4,12-23), nos sumergimos ahora en el primer gran discurso de Jesús: el Sermón de la Montaña (Mateo 5-7).

 

1.1. El aprendizaje de las enseñanzas de Jesús: los cinco grandes discursos del Maestro

Puesto que el “discípulo” es el que aprende a poner en práctica los mandatos de Jesús (ver Mateo 28,20a), lo primero que tiene que hacer es tomar contacto con las grandes enseñanzas de su Maestro.

Esa parece ser la razón por la cual el evangelista Mateo agrupa todas las enseñanzas fundamentales de Jesús –que en los otros evangelios aparecen dispersos en otros lugares- en cinco grandes discursos:

(1) Discurso sobre la identidad del discípulo, mejor conocido como “Sermón de la Montaña” (Mateo 5- 7).

(2) Discurso sobre el ejercicio de la Misión (Mateo 10).

(3) Discurso sobre el discernimiento cristiano, también conocido como “de las Parábolas” (Mateo 13,1- 53).

(4) Discurso sobre la vida en comunidad, llamado igualmente “Discurso eclesiástico” (Mateo 18).

(5) Discurso sobre el fin de los tiempos o “Discurso escatológico” (Mateo 24-25).

Todos estos discursos corresponden a un programa que bien podría llamarse “el aprendizaje vital de la Palabra de Jesús”. Se caracterizan porque además da dar los grandes principios de vida, enseñan a ponerlos en práctica. De hecho, el problema no es solamente saber lo que Jesús quiere que “haga” sino el “cómo hacerlo”.

 

1.2. El primer gran discurso: el Sermón de la Montaña

El Sermón de la montaña responde a la pregunta: ¿Cuál es el “hacer” distintivo de un discípulo del Reino? Esta pregunta podría especificarse todavía más así: ¿Qué sucede en el corazón de aquel que se hace discípulo de Jesús? ¿En qué consiste la novedad de vida? ¿Cuáles son los puntos distintivos? Jesús responde con una enseñanza bien organizada y concreta, que diseña el “mapa” de la vida cristiana desde sus ángulos fundamentales. El eje de todo está en la frase: “Buscad primero el Reino y su Justicia” (6,33).

Los invitamos a leer desde ya todo el Sermón completo (Mateo 5-7), para sentir la fuerza de las enseñanzas y también la lógica une cada una de sus partes.

Este es uno de esos discursos que sabe hablar al corazón de forma contundente, pero también encantadora. El perfil del discípulo está ahí y dan ganas de encarnarlo. En buena parte suena como norma, si bien lo más importante es que se trata del mismo latir del corazón de Jesús que se impregna en el del discípulo.

Como iremos notando en la lectura de Mateo en este año, el corazón nuevo del discípulo se distingue por su manera de entablar las relaciones. Se trata del aprendizaje de la relacionalidad típica del “Reino”, o sea, (1) con los hermanos (Mateo 5,17-48), (2) con Dios Padre (Mateo 6,1-18); en las cuales media (3) el justo uso de los bienes de la tierra (Mateo 6,19-34). Algunos avisos complementarios se agregan a esta enseñanza (Mateo 7,1-11). La plenitud de la Ley de Dios está en esta propuesta de Jesús (Mateo 5,17 y 7,12).

La enseñanza central sobre “la relacionalidad según el Reino” (Mateo 5,17-7,12), está enmarcada por la bella introducción de las “Bienaventuranzas” y “la misión del Bienaventurado” (Mateo 5,1-16) y la extensa conclusión sobre los elementos evaluativos para reconocer si una persona está o no en la esfera del Reino (Mateo 7,13-27).


1.3. El contexto inmediato de las Bienaventuranzas 

El “Sermón de la Montaña” se abre con la proclamación de la “bienaventuranzas”.

Recreemos brevemente el escenario: En sus viajes misioneros, Jesús se ha encontrado con la dura realidad de su pueblo, a todas las personas y en las diversas formas de su sufrimiento Él les ha hecho experimentar la Buena Nueva del Reino (ve Mateo 4,23-24). La multitud sanada no vuelve a casa inmediatamente sino que se deja educar por Jesús en la vida nueva que para ellos ha comenzado.

Esto es importante porque, como precisa el evangelista, los que se han visto sanados por Jesús ahora comienzan un camino de discipulado: “Y le siguió una gran muchedumbre” (4,25; el término “seguir” no es casual). Notemos la relación entre la escena de “sanación” y el itinerario de formación que Jesús ahora les ofrece: la vida nueva no solamente se recibe como una gracia (indicada en la curación) sino que hay que “aprenderla”; hay que “darle cuerpo” a la vida nueva, hay que darle estructura a la conversión; para ello es la instrucción de Jesús.

Frente a esta muchedumbre (“Viendo la muchedumbre…”, 5,1a), Jesús da dos pasos iniciales:

(1) “Subió la montaña” (5,1b), lo cual parece evocar la subida de Moisés al Sinaí para recibir y proclamar la Ley de Dios (ver Éxodo 19,3; aunque aclaramos: las bienaventuranzas no son leyes sino valores). El evangelio terminará también con Jesús dando su última instrucción desde lo alto de un monte en Galilea (ver 28,16).

Pero en el evangelio de Mateo el “subir a la montaña” también está relacionado con la oración: Jesús subía muchas veces a la montaña para encontrarse con su Padre (ver Mateo 14,23; 17,1), por eso, “subir a la montaña es el permanecer constante de Jesús en el corazón del Padre, de donde saca el maravilloso don de las bienaventuranzas” (Clemencia Rojas).

(2) “Se sentó” (5,1c), actitud propia de un Maestro que da instrucciones u órdenes.

Ambos términos nos muestran la autoridad con la que Jesús va a hablar y nos invitan a atender y acoger la revelación en calidad de discípulos (“y sus discípulos se le acercaron”, 5,1d).

Los tres planos que configuran el escenario de la proclamación del primer gran sermón de Jesús (Jesús, los discípulos y la muchedumbre) nos recuerdan la ocasión en la que Moisés sube a la montaña junto con los ancianos (Éxodo 24,1), mientras que a los pies de la montaña permanece el pueblo.

Entonces se da inicio a la enseñanza. En el texto griego leemos literalmente: “Y habiendo abierto su boca, les enseñaba diciendo” (5,2).

La expresión “abrir la boca”, que equivale a “tomar la palabra”, nos reenvía a la frase que Jesús le dijo al tentador en el desierto: “No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (4,4). De la “palabra que sale de la boca” de Jesús, “vive” el discípulo. Esto vale, no sólo para este sermón, sino para todas las enseñanzas de Jesús. Este es el alimento que necesita la gente, los milagros solos no bastan, hay que explorar la belleza y apropiarse de la riqueza de la vida del Reino (ver 4,24).

 

2. Una lectura de las Bienaventuranzas a partir de su estructura interna

En cada línea de las bienaventuranzas se pueden distinguir siempre tres partes. Tomemos como modelo la primera:

(1) la declaración “Bienaventurados…”, que será repetida siempre al comienzo;

(2) la situación o la actitud que sirve de base para la experiencia: “…los pobres de espíritu” (en este caso se trata de una actitud); y

(3) la causa de la bienaventuranza: “…porque de ellos es el Reino de los Cielos”.

 

2.1. La declaración “Bienaventurados”

Nueve veces se repite la palabra “Bienaventurados”, pero las bienaventuranzas en realidad son ocho, ya que la novena es una ampliación de lo dicho en la octava.

La expresión describe el nuevo estado en el que se encuentra todo aquel que ha entrado en el ámbito del Reino de Dios: el estado de plenitud interna que comúnmente llamamos “felicidad”.

 La bienaventuranza es la atmósfera de la vida del Reino, un Reino que ya está siendo experimentado: atención con la expresión “de ellos es el Reino” (5,3 y 10). Por eso, la repetición nueve veces del mismo término pareciera querer ayudar a una toma de conciencia: “Porque Usted sigue a Jesús, ya tiene todos los motivos para ser feliz; ¡Mire lo que Dios está haciendo en su vida!”.

¡Qué estaría viviendo la multitud aquel día, cuando Jesús le puso el espejo al frente y los invitó a reconocer su nuevo estado de vida!

 

2.2. Las actitudes o situaciones que paradójicamente abren las puertas para la felicidad del Reino

Las ocho bienaventuranzas van describiendo progresivamente el rostro de un discípulo de Jesús, y –si nos fijamos bien- notaremos que se trata del mismo rostro de Jesús.

(1) La pobreza en Espíritu (5,3): indica la apertura total a Dios y a los hermanos. El “rico” en espíritu es el autosuficiente y orgulloso (ver Apocalipsis 3,17). El Reino se recibe cuando se reconoce la radical necesidad de Él (el evangelio da numerosos ejemplos de ello).

(2) La mansedumbre (5,4): describe a la persona que ejerce el control de sí misma en sus emociones e impulsos (ver el Salmo 37), que no pretende dominar ni controlar a los otros; es la persona que sabe convivir.

(3) Las lágrimas (5,5): se refiere al estado de una persona en proceso de duelo por su propia desgracia o la de los otros; generalmente se vive en las rupturas de relación (la muerte, un pecado, etc.). De alguna manera se refiere a la pobreza porque hay un vacío que pide ser llenado.

(4) El hambre y la sed de la justicia (5,6): “hambre y sed” son dos necesidades vitales del ser humano que no admiten dilación para la solución. Esta búsqueda compulsiva de lo esencial para vivir se traslada al terreno de las relaciones: recomponer las relaciones deterioradas, es decir, la “justicia”.

(5) La misericordia (5,7): en el evangelio de Mateo el término “misericordia” está casi siempre asociado al de “perdón”. Pero hay un punto de vista más amplio: donde quiera que alguien sufra allí hay que reconstruir –mediante una acogida efectiva- el tejido social deteriorado.

(6) La pureza de corazón (5,8): no se refiere a una especie de inocencia (que pareciera congénita en algunas personas) sino estado de limpieza interior en que se encuentra todo aquel que ha sido purificado por el sacrificio redentor de Jesús. En un corazón puro las motivaciones son distintas a las de los demás: no hay codicia, no se guarda rencor, se valora objetivamente, sólo se desea el bien a los demás.

(7) El trabajo por la paz (5,9): de nuevo nos encontramos en el ámbito relacional, particularmente en ambiente conflictivo; en lugar de insistir en lo que puede desunir, por el contrario se aporta siempre a lo que puede mantener y hacer crecer las buenas relaciones: las propias y las de los demás.

(8) La persecución por causa de la justicia (5,10-12): la identificación con Jesús y el compromiso profético con su Reino (ver todo lo anterior) tiene su precio: lleva a compartir el destino doloroso del Maestro. La persecución viene de diversas formas, pero la más destacada es la difamación. Pero a pesar de toda la violencia que se le viene encima, el discípulo no responde con violencia; es verdad que es una víctima inocente, pero su actitud es otra, la de la resistencia de la alegría: no hay alegría mayor para un discípulo que el saber que se parece en todo a su Maestro Jesús.

 

2.3. Es Dios Padre quien causa la felicidad

Es importante que notemos que dicha felicidad proviene, no del punto de partida (la pobreza, las lágrimas, la mansedumbre, etc.) sino del punto de llegada, es decir, de la obra de Dios Padre (“de ellos es el Reino”, “poseerán la tierra”, “serán consolados”, etc.). Dios es la causa de la alegría. En otras palabras: se es feliz porque Dios está obrando en uno, gracias a la Buena Nueva proclamada y realizada por Jesús.

Por eso en la proclamación de las bienaventuranzas Jesús nos está haciendo un bello anuncio sobre Dios Padre, quien es el Dios del Reino, aquel a quien le decimos: “¡Padre… ¡Venga tu Reino!” (Mateo 6,10).

Releyendo las Bienaventuranzas podríamos decir:

·         Somos felices porque Dios Padre nos ofrece su Reino, ése ocuparse de nosotros benévola y eficazmente como Padre y Pastor.

·         Somos felices porque Dios Padre nos da la herencia de la tierra, la meta de la comunidad fraterna y amorosa hacia la cual peregrinamos: nos sentará a su mesa.

·         Somos felices porque en Dios Padre hallamos consolación: sanación de nuestros dolores más profundos.

·         Somos felices porque Dios Padre sacia nuestra hambre y sed: en él lo tenemos todo.

·         Somos felices porque Dios Padre nos abraza con su misericordia a pesar de nuestras debilidades y pecados.

·         Somos felices porque Dios Padre nos deja verlo cara a cara gracias la “purificación” que hemos recibido en la Sangre de su Hijo.

·         Somos felices porque Dios Padre nos reconoce como hijos suyos en su Hijo Jesús, porque somos parecidos a Él, esto es, reconciliadores.

·         Somos felices porque Dios Padre nos reconoce como realizadores del Reino junto con Jesús cuando vamos –como él- hasta las últimas consecuencias de la opción y de la misión.

 

Jesús es el modelo de la bienaventuranza

Jesús es modelo de mansedumbre. El mismo se presentó como un Maestro manso y humilde corazón (Mt 11, 29). Y también como el rey manso que entra triunfalmente a Jerusalén (Mt 21, 5-11).

 

En fin…

El manso es bienaventurado ante todo porque es un hombre libre y porque a asimilado el estilo de vida de Jesús. Jesús mismo dice que los mansos heredaran la tierra esto es el espacio en el cual se realiza en 9 proyecto del pueblo de Dios: la comunidad solidaria y fraterna. Solo los mansos pueden formar verdadera familia y comunidad. Muchos conflictos familiares y comunitarios están relacionados con la poca atención a esta segunda bienaventuranza.




[1] http://www.homiletica.org/fidelonoro/fidelonoro0104.pdf

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